L.

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jueves, 24 de noviembre de 2011

Creo que tengo una obsesión.

Podría pasarme horas hablando de todo lo que se me viene a la cabeza cuando me acuerdo de él, sin que nadie lo haga. Yo adoraba sus cualidades, y juraría que no tenía defectos. Adoraba su manera de andar, y me hacía gracia cuando hablaba, o reía. Estaba enamorada de su sonrisa, de sus chistes malos. Creo que en mi vida he sentido atracción tan fuerte por alguien. Podría salirme de clase para encontrarme con él 'casualmente' por los pasillos. Podría pasar por su lado, o preguntarle algo, con cualquier excusa mala, solo para que él supiera que yo existía, aunque solo fuera en ese momento. La forma que tenía de hacerme feliz, sin que él lo supiera. O de cabrearme. Pero era imposible cabrearse con él, porque entonces sonreía como esos niños pequeños a los que les das un caramelo, y ya se ha jodido todo. Un día podía llevar el pelo de punta engominado, y al otro peinado hacia abajo.Su mochila negra era la que buscaba entre la gente a la hora del recreo, y su sudadera azul a cuadros negros, mi favorita. Me hacía reir cuando le daba por poner voces raras, o por cantar, o por decir chorradas cuando no venían a cuento. Yo era más niña aún de lo que soy ahora cuando lo conocí, y él, aún sigue siendo aquel niño. Lo sé, porque era un inmaduro, un inmaduro guapísimo. No lo he vuelto a ver desde verano, y creo que no lo veré durante mucho tiempo. Ya no estoy enamorada de él, aunque ha sido la única persona de la que lo he estado. Pero es increíble la manera en la que me acuerdo de él, en estos días en los que a él le daba igual que lloviera, para jugar al fútbol bajo la lluvia. 

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